¿Cuántos insultos hay en el diccionario?
Pues todos son míos:
Idiota, corta, ilusa, simple, pánfila, gilipollas, entre otros miles.
Porque el que busca la verdad merece el castigo de encontrarla.
(Always)
¿Cuántos insultos hay en el diccionario?
Pues todos son míos:
Idiota, corta, ilusa, simple, pánfila, gilipollas, entre otros miles.
Porque el que busca la verdad merece el castigo de encontrarla.
(Always)
Creo en Dios,
hombre todopoderoso.
Creador del cielo y el infierno,
de todo lo visible y lo imaginable.
Creo en un solo señor,
Tú,
Hijo único de mi amor,
nacido antes de todos los siglos.
Dios de Dios,
Luz de luz,
Hombre verdadero de hombre verdadero.
Amado, no solo deseado,
de la misma naturaleza que yo.
Por quién todo fue hecho,
y que por mi, una mujer, y para mi salvación,
bajaste tus ojos hacia mi,
y que por lo que te ofrecí logré que posaras tus manos en mi pecho.
Y me hiciste mujer,
y por mi causa fuiste perseguido en tiempos lejanos
padeciste y fuiste desterrado
y no volviste al tercer día.
Subiste a mi recuerdo
y estás sentado en el centro de mi cerebro.
De nuevo vendrás con gloria para juzgar a los que antes te juzgaron
y tu posesión sobre mi no tendrá fin.
Creo en el color de tus ojos
señores y dadores de vida
que proceden de miles de rayos de sol
que con esos rayos de sol
recibes todo el amor que alguien pueda ofrecer
y que te conté lo que sucedería, aunque no fuera profeta.
Creo en tu cuerpo
que no es santo, ni católico ni apostólico.
Confieso que hay una sola vida para que perdonen mis pecados.
Espero el regreso de tus pasos y la vida futura juntos.
Amen.
Aconteció que en una granja tenía un cerdo su pocilga muy cerca del corral de los pavos. El animal vivía feliz y sin preocupaciones ya que, de vez en cuando, veía salir del almacén al amo con un jamón en la mano y no tenía ninguna duda de que eso que llevaba era una pata de cerdo, así que, conforme con su destino, (a la fuerza ahorcan) vivía sin más pretensión que comer y revolcarse en el barro. Triste destino el suyo, si, pero ya que su muerte era segura, al menos vivir lo más plácidamente posible.
El corral de los pavos era un jaleo constante. Animales presuntuosos ellos, se pasaban los días acicalándose las plumas y presumiendo unos con otros. Por desgracia para ellos, vivían muy cerca del puerco y no podían evitar que les llegara el olor de la pocilga.
El cerdo comía, dormía y se revolcaba feliz y ajeno a los pavos, y los pavos vivían presumiendo y menospreciando al cerdo:
- Tu, cerdo, ¿no te da vergüenza vivir así? Siempre sucio, siempre oliendo mal, siempre comiendo. ¡Un día vas a reventar!
El cerdo, siempre paciente, les contestaba que le daba lo mismo. Esa era su manera de vivir y que así seguiría.
-La vida es corta, compañeros, y no merece la pena preocuparse por nada más que no sea vivir lo mejor que uno pueda. Total, todos vamos a ir a la cazuela.
-¡A la cazuela! -decían los pavos- A la cazuela irás tú, cerdo vulgar. Nosotros, pavos como somos, y primos hermanos del pavo real, jamás terminaremos en una cazuela. Nosotros seremos pavos de exposición. Nos premiarán por nuestro plumaje brillante, por nuestros cuellos rojos y por nuestro gorgojear sin parangón. Y no nos llames compañeros. No lo somos. Jamás seremos compañeros de nada, no tenemos nada en común.
Dicho esto, y cosas similares, los pavos daban la espalda al cerdo y seguían cuchicheando entre ellos. No faltaba quién, muy a menudo, le lanzaba alguna que otra piedrecita a los ojos y cuando hacía puntería, todo el corral reía.
El cerdo seguía sin prestar demasiada atención a los ataques, tanto verbales como físicos, que sufría, pero los pavos no lo dejaban en paz. Un día sí y otro también insultaban y hacían mofa de su rosado vecino.
Llegó una mañana fría, de invierno, que le decían los humanos, y el amo entró en la pocilga y, agarrando con fuerza, se llevó al cerdo. Los pavos, como no, comenzaros a burlarse de él:
-Mira, cerdo, mira -le gritaban- Ya te vas a la cazuela. Ya estás gordo y hermoso para ser comido por los humanos. Nosotros seguiremos aquí, siempre bien alimentados y con las plumas brillantes, ¿Ves, cerdo ignorante? a la cazuela solo vas tú.
Mientras todos miraban marchar al amo con el puerco en brazos, no se percataron de que en su corral habría entrado el ama y prestamente se disponía a coger al más grande y gordo de ellos.
Pobre pavos. Se habían llevado al mejor, al más bonito, al más gordo, y al que más se había metido con el cerdo. Estaban desolados.
Nunca más volvieron a ver ni al cerdo ni a su compañero.
Tampoco llegaron a saber que aquella misma mañana el cerdo murió, como ellos le habían vaticinado, pero no murió solo. Murió viendo como a su vecino, el pavo, le daban matarile.
Aquella noche de Nochebuena los granjeros cenaron pavo. Pavo al que habían metido, ya sabemos por donde, asadurilla de cerdo y jamón. Y, por una vez y como les dijo el cerdo, fueron compañeros. Compañeros de cazuela.
Moraleja: A veces puedes dar bien por el culo a quién se pasa la vida haciéndote la puñeta.
Estaba tan nerviosa...
Tenía los nervios metidos en el estómago desde la noche anterior, cuando me metí en la cama y me dio por pensar que algo podía salir mal.
Llevaba tanto tiempo sin verle que cuando me propuso una segunda cita me quedé sorprendida, pero no dudé en decir que si.
Ese día me levanté pronto y, aunque habíamos quedado a la una y media de la tarde, procuré estar lista con tiempo de sobra, nunca se sabe lo que puede pasar.
Me depilé con esmero, no fuera que no le causara buena impresión.
Para la ropa elegí algo que no fuera demasiado especial, no quería que se pensara que me había acicalado en exceso para la ocasión, así que puse algo de lo más normal.
A medida que se acercaba la hora mis nervios iban en aumento.
Qué tontería, me decía, mira que ponerte así por una cita... ni que fueras la primera, pero no lo podía evitar.
Lo peor fue cuando me quedaban 10 minutos para salir de casa a la hora que me había propuesto y ya estaba lista. Me encendí un cigarro y me puse a mirar por la ventana.
Dios, eran los 10 minutos más largos de la historia. Finalmente no pude aguantar más y salí.
Llegué antes de tiempo, como era de suponer, pero me vino de maravilla porque para encontrar aparcamiento me las vi y me las desee.
Entre unas cosas y otras ya iba con el tiempo justo.
Entré en un edificio enorme y fui directa a la recepción a preguntar por la persona con la que había quedado. Una vez informada entré en el ascensor y pulsé el botón del segundo piso.
Todo eran pasillos y puertas. Todas iguales sin más diferencia que los números que había sobre ellas. En algunas se podía leer algún letrero estilo "prohibido el paso" pero no me detuve a mirar que me perdía por no intentar abrirlas. Había ido a lo que había ido y no quería llegar tarde.
No me hizo esperar, ni siquiera tuve que llamar. En cuanto llegué la puerta se abrió y me dijo: "Pasa, te estaba esperando".
Nada más entrar me senté lo más comodamente que pude rezando para que no fuera directamente al grano. Con lo nerviosa que estaba lo mismo me ponía a temblar como una hoja y eso sí que no lo deseaba. No quería que me notara tensa.
La charla fue de lo más normal, que si que tal estás, que si después de tanto tiempo dos veces en quince días...
Llegado el momento me dijo:
"ven, sientate aquí"
Con cuidado me puso las manos en los hombros y me empujó suavemente hacia atrás.
Ya estaba, me tenía a su merced.
Todo fue rápido, y cuando me vestí y salí al pasillo me dio la risa por haberme puesto tan nerviosa.
Por segunda vez ese dia me dije "qué tontería mira que ponerte nerviosa por esto..."
Y es que claro, una nunca sabe que va a pasar cuando te dan una segunda cita para el ginecólogo. Siempre se piensa que es por algo malo.
Te ofrecí el color de mi pelo y lo dejé clavado en tus retinas.
Te ofrecí mis ojos y los aceptaste.
Te ofrecí mi sonrisa y la hiciste tuya.
Te ofrecí mi olor y te lo quedaste.
Te ofrecí todo lo que había en mis manos y no lo dudaste.
Te ofrecí mi pecho y te quedaste dulcemente dormido sobre él.
Te ofrecí mi corazón y se quedó unido al tuyo para siempre.
..........................
No dejaste que me quedara con tu pelo pero aún así te corté un rizo.
Cuando tus ojos se quedaban fijos en mis piernas conseguí arrancarte un destello de luz y guardármelo.
Tu risa no hizo falta que me la ofrecieras porque siempre estuvo conmigo.
No me ofreciste tu olor, pero yo te lo robé.
En tus manos no había nada que ofrecer, pero me quedé con la forma de tus dedos marcada en mi espalda.
Yo tambien me quedaba dormida en tu pecho y todavía oigo el latido de tu corazón.
No querías que tu corazón fuera para mí, pero eso no lo pudiste evitar y se unió al mío para siempre.
Conseguí quedarme con pedazos tuyos, pero tú te quedaste con todo lo que yo tenía.
Ahora tengo esos pedazos guardados en una caja y yo estoy desnuda.
Tengo frío porque tus recuerdos ya no me consuelan y me quedo esperándote en una silla.
Algún alma caritativa me ha dejado un paraguas porque está empezando a llover.
Del cielo caen las lágrimas que derramé por todo lo que no me quisiste dar y, aunque estoy protegida, este paraguas tiene minúsculos agujeros por el que, de vez en cuando, alguna de tus cosas consigue escapar de la caja y se transforma en agua cayendo despacio, tocando mi hombro y deslizándose por mi cuerpo. Cuando esto sucede cierro los ojos y siento. A veces siento en esa gota la forma de tu mano y dejo que me roce el pecho. A veces la gota me trae tus labios y con mi mano la toco para llevarla a los míos y así poder besarte otra vez.
Pero todo son recuerdos, ya nada es real y me conformo con seguir sentada en esta silla esperando que llueva para que una gota me traiga alguna que otra imagen tuya.
(Always)