Un día cualquiera

Es curioso ver cómo un día cualquiera puede terminar siendo una fecha importante en el calendario. Cómo un día cualquiera puede abrirse un agujero en el corazón y dejar un vacío que ya nada, ni nadie podrá llenar jamás.

Cuando me levanté aquella mañana no sospechaba que ese 21 de febrero iba a cambiar mi vida radicalmente.

Aquel día no presentaba más novedad que una revisión dental ya que estaba disfrutando de mis merecidas y retrasadas vacaciones. Como la cita estaba programada para última hora de la mañana decidí que el resto del día lo iba a pasar sin hacer nada, no quería planes, ni llamadas urgentes de la oficina, esas llamadas que te hacen pensar que si tú no estás el mundo no gira.

Mi marido me acompañó y a la salida nos fuimos a un restaurante a comer. Todo estaba tranquilo cuando mi móvil comenzó a sonar. Con un gesto de fastidio rebusqué en el bolso y al ver que era mi hermana quien llamaba me extrañé.

- Sí, dime Marta.

- Oye, mira que han llevado a papá a urgencias, que se encuentra mal del estómago y quiero ir. No estarás por aquí cerca para que me lleves? Además, deberías venir tú también, que me da mala espina.

Mi hermana tenía nueve años más que yo, nueve kilos más que yo, como nueve millones más que yo pero no tenía coche y tampoco tenía ni una gota de optimismo.

- Tía, mira que eres pesada, ya sabes que últimamente está fastidiado del estómago, pero chica, tampoco va a ser para tanto, no seas pájaro de mal agüero, además ¿para que vamos a ir toda la familia en tropel?

Si mi familia se caracteriza por algo es que cada uno camina por la vida a su bola, pero ante los contratiempos son una piña, sobremanera mi hermana mayor.

Yo soy diferente, probablemente porque haya vivido mucho tiempo fuera de la jurisdicción del brazo de mi padre que, por cierto, era bien largo. Creía que lo de mi hermana era una reacción exagerada, pero todo lo que tengo de desaborida para reuniones familiares, del tipo que sean, lo tengo de persona fácil de convencer.

La recogimos en su oficina y nos fuimos al hospital. Para entonces el reloj de la vida de mi padre había empezado su cuenta atrás y mi corazón había empezado a mostrar una pequeña fisura.

Tardé en darme cuenta de lo que sucedía, estaba fastidiada porque mi hermana me había arruinado un precioso día de vacaciones, pero después de unas cuantas horas viendo pasear a todos mis hermanos arriba y abajo por la sala de espera descubrí que aquellas molestias estomacales de las que me habían hablado podían ser algo más. Nadie me dijo nada porque nadie sabía nada, pero ellos tenían más contacto con mis padres y algo temían.

Los médicos entraban y salían, pedían hablar una y otra vez con algún familiar y cada vez que eso sucedía la fisura que se había abierto en mi corazón se hacía más grande aunque yo no me estuviera dando cuenta de ello.

Finalmente la sospecha se convirtió en certeza. Mi padre se moría. Era cuestión de meses. Seis meses, nos dijeron, y seis meses vivió, ni uno más.

Ese día que, en principio, era un día cualquiera, fue el día que realmente se hizo un vacío en mi corazón, ese corazón que yo creía tocado por amores no correspondidos, por amigos perdidos o por cualquier otra contrariedad de la vida. Estaba equivocada. Ahora me doy cuenta de que todo eso se supera y que el mayor vacío que te queda en el corazón es el dolor de la pérdida de uno de tus padres.

(Albanta 37)

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